La atracción del abismo

Habría podido ser durante aquellos días ociosos del final de la primavera o principios del verano, cuando de niños nos abandonábamos a juegos improvisados y clandestinos, muy distintos de los juegos normativos que custodiaba la memoria de la tribu, a los que ya habían jugado nuestros padres y que nos habían enseñado los abuelos. Esos otros juegos, fuera de la tradición, no tenían normas previas, eran espontáneos y sus reglas se desarrollaban a medida que se desarrollaba el juego siempre abierto; podían ser solitarios, entonces sus fundamentos se iban estableciendo como pautas de relación con el mundo y con uno mismo, a través de elementos reales o imaginarios como el área de juego, los instrumentos disponibles, las acciones relevantes, los límites temporales o los patrones rítmicos; podían ser también compartidos y así, a todos estos elementos, habría de sumarse la relación con los otros y la necesidad de un consenso mínimo entre los participantes para mantener el juego en curso y que no terminase en juego revuelto.

Así pues, uno de aquellos ociosos días, el juego comenzó con un espejo rectangular, del tamaño de una bandeja de desayuno, llevado como si fuese precisamente eso, una bandeja de desayuno, boca arriba, en posición horizontal , asido por cada uno de los lados menores del marco y apoyando levemente en el vientre uno de los lados mayores. De esta manera me disponía a recorrer la casa, andando cabizbajo, no por abatimiento o preocupación sino para mirar el suelo a través del espejo. A causa de la lógica especular, la topografía de las estancias aparecía invertida y mis pies, aunque tropezasen con todos los muebles posibles, sorteaban hábilmente lámparas y dinteles mientras recorrían de un lado a otro la superficie del falso techo. Aquel inocente juego había puesto la casa patas arriba. Uno de los trayectos, que se producían sin orden establecido, me llevó a la puerta principal; bastaría con superar su dintel para continuar el viaje de conquista por aquel mundo invertido, como un nuevo Barón Rampante. Por desgracia, este último obstáculo resultaría insalvable. Cuando el espejo atravesó el umbral se presentó de repente el abismo, un abismo azul celeste de una profundidad infinita, y pude contemplar la inmensidad bajo mis pies. Asomarse al acantilado sin un mar de fondo, sin la perspectiva de un horizonte, suponía el final del juego; dar un paso más suponía saltar al vacío, al más extenso de los vacíos, y dominado por un vértigo insoportable hube de sucumbir.

Pero éramos niños , no estábamos sujetos a la tiranía del significado y seguimos jugando, de manera que este episodio no fue desvelado hasta muchos años más tarde, cuando empezamos a sospechar que la juventud habría de escaparse algún día, cuando comprendimos la angustia y el miedo a desmoronarse, cuando nuestros fundamentos fueron amenazados violentamente y creímos tener la certeza de que bajo los falsos cimientos sólo existía el abismo y ya no era azul celeste, cuando nos fue planteado el dilema sobre el que gravita cualquier pretensión de saber: toda profundización es hundimiento, toda huida es naufragio.

Quizá por eso seguimos andando cabizbajos, no por abatimiento o preocupación sino por mirar el suelo a través del espejo, porque  no somos capaces ya de resistir la atracción del abismo.

The Truman Show, Peter Weir, 1998

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s