A orillas del Rhein

Hay metáforas modestas, pequeñas, que no pretenden abarcar más que una mínima parte de la realidad y metáforas enormes, universales, de una complejidad orgánica, tan completas que parecen inagotables. Una de estas metáforas fundamentales es la que emparenta el río y la vida. Podría decirse que el curso del río y el curso de la vida son la misma cosa o que los ríos existen únicamente como representación del movimiento, del devenir del ser, y que, cuando nos asomamos a contemplar desde el puente, es la propia alma la que vemos fluyendo bajo nuestros pies, a veces furiosa, a veces mansa, turbia, clara… Nuestro reflejo en la superficie aparece distorsionado por la corriente como nuestra identidad mudable con el tiempo y esto nos confunde como a Heráclito, en el mismo río entramos y no entramos pues somos y no somos [los mismos]. Si levantamos la mirada presentimos, más allá del horizonte, la desembocadura y admitimos serenamente, como Jorge Manrique, que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir.

Building the Bridge at Cologne, Joseph Pennell, 1914

Para M, definitivamente ausente.

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