La sombra de la higuera

Quienes nos preocupamos de estas cuestiones, digamos en general, las cuestiones del arte o la cultura, más allá de inercias profesionales, las que mueven al artista, al filósofo, al marchante, al editor, al crítico o al funcionario del Ministerio de Cultura (añádanse las categorías que se quieran) pero también dentro de estas inercias, mostramos la pretensión de que este es un ámbito de prestigio. Todavía persiste la creencia, extendida con el auge de la burguesía, de que es necesario cultivarse (incluso culturizarse), al menos durante aquellos intervalos que nos permite la jornada laboral, el llamado tiempo de ocio (que como tal se contrapone al tiempo del negocio y así el término cultura se toma en un sentido restringido, el sentido que tiene, por ejemplo, como encabezamiento de la sección de un diario para separar cultura de economía, deportes, política, etc., para separarlo, en fin, de ese otro sentido amplio en que lo manejaría, pongamos por caso, un antropólogo cultural. Alguien dijo alguna vez que la silla eléctrica también es cultura, evidentemente), de tal forma que nos parece una pérdida de tiempo malgastar el fin de semana en no hacer nada, en perder el tiempo precisamente, esa actividad donde el ser humano ha demostrado el más alto grado de excelencia, la única actividad merecedora de alabanza, la de máximo virtuosismo, pero que, no logra entenderse, no está debidamente valorada en nuestra sociedad hiperactiva. Nos sentimos obligados, para evitar el tremendo cargo de conciencia, a visitar en tiempo de holganza un Museo de Arte Contemporáneo, una Catedral Gótica o a ver una Película Iraní en Versión Original Subtitulada; todo esto, claro está, con un sincero interés, con un gesto de gravedad en la expresión o con la sonrisa indefinida del doctor Cottard en la novela de Proust, nunca con esa liberación de espíritu que supone ir al fútbol o echarse una siesta a la sombra de una higuera (que también es cultura).

Proponemos desde aquí, con modesto ánimo totalizador y para contribuir a una necesaria visión integral de la cultura, aunar intereses y probar la placentera y liberadora experiencia de echarse una siesta en un museo de arte contemporáneo, en una catedral gótica o en un cine de versión original, aunque reconociendo, como es sabido, pues milenios de tradición cultural lo avalan, que nada mejor que la sombra de la higuera.

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